Por qué fracasan las empresas

Las empresas no fracasan porque se queden sin caja: se quedan sin caja porque antes han fallado su estrategia, su gobierno y su sistema de información. El estrangulamiento financiero es el último eslabón —el más visible— de una cadena causal que empezó años antes.

En 2012, Daron Acemoglu y James Robinson publicaron Por qué fracasan los países, el libro que, junto al trabajo de Simon Johnson, les valió el Nobel de Economía de 2024. Su tesis es conocida: la prosperidad o el declive de una nación no dependen de la geografía, la cultura ni la mala suerte, sino de sus instituciones. Las inclusivas reparten el poder, protegen la iniciativa y permiten la «destrucción creativa» que Schumpeter describió como el motor del capitalismo; las extractivas concentran el poder en una élite que captura las rentas y bloquea cualquier cambio que amenace su posición. Unas generan círculos virtuosos; las otras, círculos viciosos que se perpetúan.

Conviene usar el paralelismo con cuidado, porque una empresa no es un país: puede venderse, cambiar de dueño o reasignar recursos en meses, y está sometida a competencia, contratos y derecho societario de una forma que un Estado no conoce. Pero la analogía es útil, porque toda empresa tiene también sus instituciones: el consejo, los incentivos, la información de gestión, la asignación de capital, la cultura y la sucesión.

Tras veinticinco años en comités de dirección, consejos y mesas de refinanciación, mi conclusión es que la mayoría de las compañías que fracasan tenían, mucho antes de su primer impago, instituciones internas extractivas: un gobierno capturado por el fundador o por un grupo de socios, incentivos que premiaban el volumen y no la rentabilidad, ausencia de contrapesos y una resistencia casi física a destruir creativamente lo que ya no funcionaba.

Sin embargo, el diagnóstico habitual sigue mirando al lugar equivocado: «problemas de liquidez», «la banca cerró el grifo», «los tipos», «un mal año». Es comprensible, porque la tesorería es lo que duele y lo que tiene fecha de vencimiento. Pero la cuenta de resultados y la caja son indicadores rezagados: cuando muestran el problema, la causa lleva años operando. Este artículo separa causas y consecuencias, las ordena por importancia y explica por qué una reestructuración que empieza en la mesa del banco, y no en el diagnóstico, suele fracasar.

Las instituciones de la empresa: seis preguntas

Si trasladamos el marco de Acemoglu y Robinson a la empresa, sus «instituciones» se definen mejor por la pregunta que cada una debe resolver que por el órgano que las encarna:

Institución corporativa Pregunta que debe responder
Consejo y gobierno ¿Quién vigila a quien toma las decisiones?
Incentivos ¿Qué conducta premiamos de verdad?
Información de gestión ¿Cuándo sabemos que estamos equivocados?
Asignación de capital ¿Podemos dejar de financiar el pasado para financiar el futuro?
Cultura de discrepancia ¿Puede una mala noticia subir por la jerarquía?
Sucesión y talento ¿Podemos sustituir capacidades obsoletas, incluidas las del fundador?

 

Una empresa con instituciones inclusivas responde a las seis preguntas con mecanismos; una con instituciones extractivas responde con una persona. En la empresa familiar española esa diferencia se juega en el gobierno corporativo y en la forma de alinear dirección y propiedad. Y el fracaso, como veremos, casi siempre empieza por una de estas preguntas sin respuesta.

Marco conceptual: la cadena causal del fracaso

De la causa a la insolvencia

El fracaso empresarial no es un acontecimiento sino un proceso, y puede representarse como una secuencia de cinco estadios: causa raíz (una decisión o una carencia institucional), deterioro operativo (pérdida de cuota, precio o eficiencia), deterioro financiero (el EBITDA ya no cubre inversión, circulante y servicio de la deuda), distress (tensión de tesorería, covenants rotos, refinanciaciones) e insolvencia (plan de reestructuración, concurso o liquidación).

Etapa Dónde se ve Quién lo ve
1. Causa raíz Actas del consejo, plan estratégico (o su ausencia), estructura de poder Casi nadie; a veces un independiente o un directivo crítico
2. Deterioro operativo Contabilidad analítica, cuadro de mando La dirección financiera, si existe control de gestión
3. Deterioro financiero Cuentas anuales, pool bancario Auditor, banca, analistas de riesgo
4. Distress Tesorería diaria, CIRBE, ratings Todos: proveedores, banca, plantilla
5. Insolvencia Juzgado mercantil El mercado y la opinión pública

 

La lectura es incómoda: la capacidad de intervenir es inversamente proporcional a la visibilidad del problema. Cuando todos lo ven, quedan pocas opciones.

Cuatro niveles, no dos: causa, mecanismo, indicador y consecuencia

Distinguir solo entre causas y consecuencias es insuficiente; hacen falta dos escalones intermedios. Una estrategia equivocada es una causa; la caída del margen de contribución que provoca es el mecanismo; el EBITDA descendente es un indicador, que no dice nada sobre el origen; y el estrangulamiento de liquidez es la consecuencia.

La distinción evita errores frecuentes: un free cash flow negativo puede ser la decisión racional de una empresa que invierte en crecimiento rentable; el apalancamiento es a la vez causa y amplificador, y puede convivir años con una empresa sana hasta que un shock lo convierte en el problema; y la pérdida de cuota es una consecuencia que se vuelve causa, porque reduce escala. Decir que una empresa «quebró porque se quedó sin caja» explica cuándo se materializó el fracaso, no por qué empezó.

Lo que dicen los modelos clásicos

  • John Argenti (Corporate Collapse, 1976) describió el fracaso como una secuencia de defectos (dirección autocrática, consejo pasivo, sin control presupuestario) que conducen a errores (sobreapalancamiento, grandes proyectos, overtrading) y solo al final a síntomas (ratios deteriorados, contabilidad creativa, impagos).
  • Edward Altman y su Z-score (1968) son la otra cara: un detector de síntomas eficaz a uno o dos años vista que, como el termómetro, mide la fiebre pero no explica la infección.
  • Michael Jensen (Journal of Finance, 1993) situó el problema en el fracaso de los sistemas internos de control —el consejo, ante todo— para reaccionar a cambios industriales que exigían reducir capacidad y salir de negocios.
  • Jim Collins (How the Mighty Fall, 2009) mostró que las primeras etapas del declive —arrogancia, crecimiento indisciplinado, negación del riesgo— transcurren con la cuenta de resultados aún sana.
  • Y Clayton Christensen (El dilema del innovador, 1997) explicó por qué empresas bien gestionadas son desplazadas: no por torpeza, sino porque sus clientes actuales, sus incentivos y su asignación de recursos las empujan racionalmente a ignorar innovaciones que al principio parecen peores negocios.

Las causas, ordenadas por importancia

Causas estratégicas: la primera y más letal

Mecanismo. La empresa deja de tener una razón por la que el cliente le compre a ella, y a un precio que remunere el capital. Adopta varias formas: pérdida de la ventaja competitiva; modelo de negocio obsoleto; diversificación errática hacia sectores que la dirección no entiende; crecimiento sin rentabilidad; apalancamiento para crecer, que convierte un error reversible en uno fatal; y dependencia de un cliente, un canal o un sector.

Merece mención aparte el overtrading: crecer en ventas por encima de lo que la base de capital puede sostener. Cada euro adicional de facturación exige más existencias y más crédito a clientes; las necesidades operativas de fondos crecen más deprisa que el beneficio y la empresa, pese a ganar dinero sobre el papel, queda a merced de cualquier retraso en el cobro. Es una de las trayectorias más reconocibles en la pyme española en expansión, y demuestra que una asignación de capital sin disciplina es un problema estratégico antes que financiero.

Señales tempranas. Precios medios que no acompañan a la inflación de costes; crecimiento por adquisiciones mientras el negocio principal se estanca; un plan estratégico que es un presupuesto extrapolado; un cliente por encima del 25-30% de las ventas.

Síntoma financiero posterior. Erosión del margen bruto, un ROCE por debajo del coste de capital varios ejercicios y un ratio deuda neta/EBITDA que sube porque cae el denominador, no porque crezca la deuda.

Causas de gobernanza y liderazgo: la meta-causa

Una empresa puede equivocarse en estrategia o en tecnología y recuperarse; lo que la condena es que su sistema de gobierno no detecte el error, no desafíe a la dirección, tolere incentivos perversos o no sustituya a los responsables. Por eso es una meta-causa: la estrategia es la causa más frecuente, pero la gobernanza determina si llega a ser fatal.

Mecanismo. El poder está concentrado en una persona o grupo sin contrapesos. En la empresa familiar española adopta formas reconocibles: el fundador omnipotente que no delega ni escucha; el consejo inexistente, decorativo o dependiente del presidente; la sucesión no planificada o resuelta por sangre y no por capacidad; conflictos entre ramas familiares que paralizan las decisiones; y una remuneración directiva que premia facturación o EBITDA sin mirar caja, retorno ni riesgo.

El dato de contexto es elocuente. Según el Instituto de la Empresa Familiar (La Empresa Familiar en España 2025), las empresas familiares son el 92,4% del tejido empresarial y generan el 70,6% del empleo privado, pero solo el 29,3% ha superado un relevo generacional y apenas el 1,2% está en tercera generación o posterior. No toda empresa que no llega a la segunda generación ha fracasado —muchas se venden o cierran ordenadamente—, pero la sucesión es el momento de máxima fragilidad institucional.

Señales tempranas. Consejo que no se reúne o lo hace sin documentación previa; ausencia de protocolo familiar; un único interlocutor con la banca; familiares en puestos clave sin evaluación; ajustes «extraordinarios» que se repiten cada año; rotación del director financiero o del auditor; inversiones cerradas antes del debate.

Síntoma financiero posterior. Inversiones de baja rentabilidad, dividendos incompatibles con la generación de caja, operaciones vinculadas opacas y, en los casos extremos, manipulación contable para ocultar el deterioro.

Causas organizativas y de gestión

Mecanismo. La empresa crece pero su organización no. El equipo directivo adecuado para facturar 10 millones no lo es para 60; la estructura sigue siendo radial en torno al fundador; la cultura castiga al mensajero y premia el optimismo. La información negativa no sube y las decisiones correctas no bajan. A ello se suma la selección adversa del talento: cuando la disfunción se hace evidente, los directivos con más mercado se van primero y la empresa conserva a los menos empleables, perdiendo justo la capacidad que necesitará para un turnaround. Es el momento de pasar del fundador al comité de dirección, y casi nunca se hace a tiempo.

Señales tempranas. Rotación alta de directivos externos o, al contrario, ninguna; ausencia de un director financiero con autoridad real; reuniones en las que nadie discrepa; personas clave sin sustitutos; vacantes críticas sin cubrir durante meses.

Síntoma financiero posterior. Costes de estructura crecientes, sobrecostes y retrasos en proyectos que acaban en provisiones inesperadas.

Causas de control de gestión e información

Esta causa convierte un problema corregible en uno terminal, porque impide verlo a tiempo. Mecanismo: la empresa no sabe qué productos, clientes o canales ganan dinero; cierra la contabilidad con meses de retraso; no proyecta la tesorería; en el peor de los casos, maquilla sus cifras. Hay una variante especialmente peligrosa: el beneficio contable que se separa de la caja. Reconocer ingresos sobre previsiones optimistas, capitalizar costes o acumular «no recurrentes» mantiene el resultado presentable mientras la generación de caja se hunde, y roba a la dirección el tiempo que necesitaba para reaccionar.

Señales tempranas. Ausencia de cuadro de mando mensual; cierre contable trimestral o anual; sin contabilidad analítica; sin previsión de tesorería a 13 semanas; presupuesto estático en lugar de rolling forecast; desviaciones recurrentes entre presupuesto y real sin explicación.

Síntoma financiero posterior. Sorpresas: ajustes de auditoría, reformulaciones, pérdidas que «aparecen» al cierre y, con ellas, una pérdida de credibilidad ante la banca que es irreversible.

Causas de mercado y competencia

Mecanismo. Cambios en la demanda, competidores con estructuras de coste radicalmente menores, disrupción tecnológica, presión de precios de clientes concentrados. Las sitúo en quinto lugar no porque sean poco frecuentes, sino porque la empresa bien gobernada y bien informada las detecta y reacciona; la que fracasa es la que las niega. La demanda rara vez «desaparece»: se desplaza entre segmentos, canales o criterios de compra, y la empresa responde con descuentos y más gasto comercial, sosteniendo volumen a costa de margen hasta que la caída de ingresos llega igualmente.

Señales tempranas. Pérdida de cuota en segmentos clave; descuentos crecientes; sustitutos; cambios regulatorios anunciados con años de antelación y no incorporados al plan; un benchmarking que nadie hace.

Síntoma financiero posterior. Caída de ventas o del precio medio y, con ella, del margen de contribución.

Falta de innovación e inversión

Mecanismo. Para sostener el dividendo o atender la deuda, la empresa difiere el capex y no reinvierte en tecnología, producto ni personas. Es la forma empresarial del miedo de las élites a la destrucción creativa: proteger la renta presente a costa de la viabilidad futura. Y con frecuencia el problema no es falta de ideas ni de tecnología, sino, como enseña Christensen, la incapacidad de sustituir el negocio que paga las nóminas por otro que al principio parece peor.

Señales tempranas. Amortización superior a la inversión durante varios años; edad media de los activos creciente; I+D residual; dependencia de un producto maduro.

Síntoma financiero posterior. Un EBITDA engañosamente sano durante unos años —porque no se invierte— seguido de un desplome cuando los activos obsoletos dejan de competir.

Causas operativas

Ineficiencias de producción, costes laborales o energéticos sin control, problemas de calidad, cadena de suministro frágil. Rara vez son la causa raíz: casi siempre manifiestan un déficit de gestión o de información. Señales: mermas, devoluciones y reclamaciones al alza, plazos de entrega crecientes, costes unitarios que suben más que los de la competencia. Síntoma posterior: caída del margen bruto y más necesidades de capital circulante.

Causas externas y macroeconómicas: el detonante, no la explicación

Ciclos, tipos, regulación, pandemias o shocks energéticos existen y precipitan quiebras. Pero actúan como la gota que colma el vaso, no como el vaso. El COVID-19 o la escalada energética de 2022 afectaron a sectores enteros; dentro de cada sector, unas empresas cayeron y otras no, y la diferencia la explicaban su apalancamiento previo, su flexibilidad de costes y la calidad de su información. El shock explica el detonante; la resiliencia explica la dispersión de resultados.

Señales tempranas. No el shock en sí, sino la vulnerabilidad ante él: deuda a tipo variable sin cobertura, ausencia de análisis de escenarios en el plan, márgenes demasiado estrechos para absorber una subida de costes.

Tabla resumen: causa, señal temprana y síntoma financiero

Causa raíz Señal temprana observable Síntoma financiero posterior
Estratégica Precio medio estancado, overtrading, concentración de clientes Erosión del margen bruto; ROCE < coste de capital; DFN/EBITDA al alza
Gobernanza y liderazgo Consejo inoperante, sucesión sin plan, incentivos sin caja ni riesgo Inversiones no rentables; dividendos excesivos; opacidad contable
Organizativa Equipo no renovado, cultura que silencia, fuga de los mejores Costes de estructura crecientes; sobrecostes en proyectos
Control de gestión Sin cuadro de mando, sin analítica, beneficio que no se convierte en caja Ajustes de auditoría, reformulaciones, pérdida de credibilidad bancaria
Mercado y competencia Pérdida de cuota, descuentos crecientes, sustitutos Caída de ventas y del margen de contribución
Falta de inversión Capex < amortización durante años, activos envejecidos EBITDA sostenido artificialmente y desplome posterior
Operativa Mermas, devoluciones, costes unitarios al alza Margen bruto a la baja; más circulante
Externa (detonante) Deuda sin cobertura, sin escenarios de estrés Shock súbito de tesorería sobre una estructura ya frágil

 

Las consecuencias: del margen al concurso

La cadena de deterioro

  • Las consecuencias siguen un orden casi mecánico, y cada eslabón es efecto del anterior y causa del siguiente:
  • Caen los márgenes y el EBITDA: suele atribuirse a «la competencia» o «los costes», pero es la traducción contable de las causas anteriores, y un EBITDA que cae dos o tres ejercicios seguidos es una señal estratégica, no coyuntural.
  • El circulante absorbe caja: la empresa sostiene ventas alargando cobros, acumulando existencias o estirando el pago a proveedores.
  • La deuda crece y se estructura mal: pólizas, confirming y préstamos a corto financian necesidades estructurales, el error clásico de cubrir pérdidas o activos a largo con deuda a corto plazo.
  • Se rompen los covenants y la relación bancaria pasa de comercial a recuperatoria, más deprisa si coincide con sorpresas contables.
  • Llegan las refinanciaciones en cascada, que alargan plazos y añaden garantías sin alterar la capacidad de generar caja. Y el final es el procedimiento de insolvencia, al que en España se llega tarde, como veremos.

El balance como amplificador: cuando la consecuencia se convierte en causa

Hasta aquí la cadena parece lineal. No lo es. La evidencia financiera demuestra que, a partir de cierto punto, el deterioro financiero deja de ser consecuencia y pasa a ser causa autónoma de nuevo deterioro operativo. Opler y Titman  estudiaron sectores en contracción y encontraron que las empresas del decil más apalancado perdieron un 26% más de ventas que las del decil menos apalancado: clientes y proveedores se protegen ante una empresa frágil, y la competencia aprovecha para ganar cuota.

Kalemli-Özcan, Laeven y Moreno  mostraron que, tras la crisis europea, las empresas más endeudadas redujeron más su inversión, con un efecto mayor cuando la deuda era a corto plazo. El mecanismo es exactamente el del círculo vicioso institucional: menos caja → menos inversión → menos competitividad → menos caja.

El Banco de España en su Documento de Trabajo 2219 (2022), Álvarez, García-Posada y Mayordomo definen como:

  • Empresa en dificultades financieras la que, con al menos cinco años de vida, tiene tres años seguidos un EBITDA inferior a sus gastos financieros y fondos propios negativos,
  • y como «zombi» la que en esa situación recibe nuevo crédito bancario.

El punto de inflexión

¿En qué momento una empresa deja de tener un problema estratégico y pasa a tener también un problema de estructura de capital? Cuando las medidas necesarias para recuperar competitividad y las obligaciones financieras empiezan a competir por la misma caja. Entonces operan cinco mecanismos a la vez: menos caja para financiar el turnaround; más apalancamiento efectivo; menos inversión; acreedores, proveedores y clientes que acortan su horizonte; y menos tiempo, de modo que las decisiones pasan de «óptimas» a «posibles».

De ahí una idea útil para cualquier consejo: el activo más escaso en una reestructuración no es la caja, es el tiempo. La caja compra tiempo, y el tiempo preserva alternativas.

Por qué refinanciar sin tocar la causa fracasa

La refinanciación es un instrumento, no una solución. Si el negocio no genera EBITDA suficiente para atender la inversión de mantenimiento y una deuda sostenible, alargar plazos solo aplaza el problema y lo agranda: suma intereses, consume garantías y destruye el valor que aún podía salvarse con una venta o una reestructuración operativa a tiempo.

El dato del Banco de España —casi dos tercios de las empresas en dificultades seguían atrapadas en ellas— es la versión estadística de algo que cualquier profesional de la refinanciación en distress ha visto: la refinanciación sin un plan de viabilidad basado en el diagnóstico de las causas produce empresas zombi, no empresas recuperadas. Por eso la banca exige cada vez más un Independent Business Review antes de sentarse a negociar.

El marco legal español ya reconoce esta lógica. La Ley 16/2022 distingue tres estadios —probabilidad de insolvencia (hasta dos años vista), insolvencia inminente (tres meses) e insolvencia actual— y su exposición de motivos justifica los planes de reestructuración preconcursales precisamente en que intervenir pronto reduce la destrucción de valor de empresas económicamente viables. El instrumento existe; lo que falta, como muestran los datos, es usarlo a tiempo.

Evidencia empírica

Demografía empresarial y la cifra que no deberíamos publicar

Según la Demografía Armonizada de Empresas del INE, en 2023 operaban en España 3.503.285 empresas activas y solo el 41,9% de las nacidas en 2018 seguía activa cinco años después. Es un dato defendible si se añade que mide demografía, no causas: mezcla fracasos con cierres voluntarios, ventas y reorganizaciones, y una «muerte» estadística no equivale a una insolvencia.

Lo que no es defendible es la afirmación, tan frecuente en los listados de «diez razones por las que fracasan las empresas», de que «el X% fracasa por mala estrategia» o «el Y% por falta de caja»: no existe una taxonomía causal homogénea que permita sostenerla. Los célebres post-mortems de startups de CB Insights —42% sin necesidad de mercado, 29% sin caja— describen empresas jóvenes financiadas con capital riesgo, no a la empresa familiar consolidada; y su propia lectura confirma la tesis: quedarse sin caja es la causa final declarada, detrás está la ausencia de mercado.

La insolvencia en 2025: más procedimientos, mismo desenlace

Los datos del INE y del Colegio de Registradores para el cuarto trimestre de 2025 muestran 17.632 deudores concursados, un 31,9% más que un año antes, pero el 90,9% eran personas físicas; las personas jurídicas fueron 1.613, un 15,5% más. Contando solo empresas, Informa D&B registró en 2025 un total de 6.637 procedimientos concursales (+6%), la cifra más alta de la década: 4.824 concursos, 1.537 procedimientos especiales de microempresas (+11,5%) y solo 276 planes de reestructuración, un 16% menos que en 2024; hubo además 29.618 disoluciones. Que los planes de reestructuración —la herramienta diseñada para actuar antes— sean apenas el 4% de los procedimientos y hayan caído dice mucho sobre cuándo se pide ayuda.

El retrato de la concursada: un negocio que ya destruía valor

El Anuario Concursal 2025 del Colegio de Registradores, elaborado con la Universitat Autònoma de Barcelona, analizó 4.911 concursos ordinarios, 1.427 procedimientos especiales y 4.322 cuentas anuales previas. Sus conclusiones son la mejor prueba de la tesis de este artículo:

  • La sociedad mediana tiene 10 años de antigüedad, factura 396.754 euros, emplea a 5 personas y tiene un pasivo exigible (282.189 euros) superior a su activo (251.239 euros).
  • El 67% presentó resultado neto negativo, el 58,2% no generó recursos positivos para atender su deuda y el 45% llegó con fondos propios negativos.
  • Solo el 10,5% habría podido cancelar sus deudas en cinco años.
  • De las 1.301 fases sucesivas iniciadas en 2025, el 94,2% fueron liquidaciones directas; por tercer año consecutivo, las liquidaciones superan el 95% del total.
  • Las concursadas están sobrerrepresentadas en los tramos de seis o más asalariados respecto al DIRCE: no son solo microempresas residuales.

La empresa llega al concurso con una actividad que ya destruía valor. La insolvencia no es un accidente de liquidez sobre un negocio viable, sino la consecuencia financiera de un negocio que había dejado de serlo. Y llega tan tarde que ya no hay nada que reestructurar: el principio de empresa en funcionamiento se ha quebrado mucho antes de que alguien lo escriba en una memoria.

Pymes y grandes empresas fracasan de forma distinta

La OCDE  recuerda que las pymes son cerca del 99% de las empresas españolas y atribuye parte de su menor productividad a restricciones de financiación y talento y a una menor innovación. Eso cambia la anatomía del fracaso: en la pyme pesan más la dependencia del propietario, la concentración de clientes, la falta de colchón financiero y una información de gestión rudimentaria; en la gran empresa, los problemas de agencia, las capas jerárquicas que filtran la señal y las grandes decisiones de capital o de M&A. La pyme puede reaccionar más rápido; también puede morir de un solo cliente o de una sola refinanciación.

Casos ilustrativos

Los casos que siguen se limitan a hechos públicos. En todos, el colapso financiero fue el final visible de un problema estratégico o de gobierno anterior.

Abengoa: crecimiento apalancado y opacidad. Expansión internacional intensiva en capital, financiada con deuda —parte de ella clasificada como sin recurso— y un gobierno con fuerte control familiar. Preconcurso en noviembre de 2015; en 2017, una reestructuración que, según la propia compañía, supuso más de 8.000 millones en quitas y capitalizaciones y una dilución del 95% para los accionistas; una segunda en 2019; la plantilla pasó de más de 32.000 personas en 2014 a unas 14.000 en 2019; y en febrero de 2021 la matriz solicitó concurso. Tres reestructuraciones financieras no corrigieron una causa que no era financiera.

Pescanova: gobierno capturado y cuentas falseadas. Compañía de origen familiar, presidida por el hijo del fundador, cuya cúpula ideó a partir de 2008 mecanismos para seguir obteniendo financiación manipulando las cuentas. Concurso en 2013 con una deuda muy superior a la declarada; la Audiencia Nacional condenó en 2020 al expresidente a ocho años de prisión, rebajados a seis por el Supremo. Es el caso extremo de la causa de información al servicio de la de gobierno: del fraude contable a la quiebra hay un solo paso.

Carillion: cuando beneficio y caja cuentan historias distintas. La segunda constructora británica entró en liquidación en enero de 2018. El análisis de la House of Commons Library describe el mecanismo: contratación agresiva, reconocimiento de beneficio apoyado en previsiones optimistas y, cuando llegaron retrasos y sobrecostes, beneficios esperados que se convirtieron en pérdidas. El beneficio declarado y la caja generada divergieron durante años. No fue la contabilidad la que causó el colapso; fue la que lo ocultó.

Celsa: la empresa sobrevive, los dueños no. En septiembre de 2023 el Juzgado Mercantil n.º 2 de Barcelona homologó el plan de reestructuración propuesto por los acreedores, que se convirtieron en accionistas en sustitución de la familia propietaria. Es el caso español más claro del nuevo marco, y encierra una lección que todo empresario familiar debería interiorizar: el valor de empresa, la continuidad operativa y el valor del equity son tres cosas distintas. Llegar tarde no siempre significa perder la empresa; a menudo significa que la empresa continúa con otros dueños.

Thomas Cook: una fusión que nunca se digirió. La fusión de 2007 con MyTravel cargó al grupo con deuda y un fondo de comercio que nunca generó el valor esperado, sobre un modelo de agencia física en declive. Casi quiebra en 2011, salvada con más deuda; en mayo de 2019 saneó 1.100 millones de libras de fondo de comercio que su consejero delegado vinculó a aquella fusión; en septiembre entró en liquidación. Como estima Christensen en Harvard Business Review (2011), entre el 70% y el 90% de las adquisiciones no crean el valor esperado: no toda operación de M&A debería hacerse.

Kodak, Blockbuster y Nokia: la destrucción creativa que no quisieron protagonizar. Kodak solicitó el Chapter 11 en enero de 2012 y salió de él en septiembre de 2013; Blockbuster se acogió a él en septiembre de 2010; Nokia vendió su negocio de móviles a Microsoft en 2013 por 5.440 millones de euros.

Conviene huir de la caricatura: Kodak tenía capacidades digitales, y su lección es que reconocer una tecnología no equivale a encontrar un modelo que sustituya económicamente al anterior. Y en Nokia, según Vuori y Huy (Administrative Science Quarterly, 2016), el miedo compartido y la información distorsionada entre alta dirección y mandos intermedios dañaron la respuesta tanto como la amenaza misma. En los tres casos, la tesorería fue lo último que falló.

Implicaciones prácticas para el empresario y el consejo

Diagnosticar causas antes de que aparezcan los síntomas

El objetivo es invertir la asimetría de la tabla del marco conceptual: ver la causa cuando todavía hay opciones. Exige cinco instrumentos:

  • Diagnóstico estratégico periódico. Una revisión honesta, cada dos o tres años, de la posición competitiva, la rentabilidad por segmento y la sostenibilidad del modelo, con mirada externa y separada de la presupuestación anual. Un plan estratégico en la pyme familiar no es un presupuesto a cinco años.
  • Revisión de la gobernanza. Uno o dos consejeros independientes con criterio y voz, reuniones con documentación previa, actas que recojan discrepancias e incentivos que miren caja y retorno, no solo volumen.
  • Protocolo familiar y plan de sucesión. El protocolo no es un documento ceremonial sino una institución inclusiva: separa propiedad y gestión, fija criterios de acceso a cargos y anticipa la sucesión.
  • Cuadro de mando y previsión de tesorería a 13 semanas. Márgenes por producto, cliente y canal; cierre mensual en menos de quince días; reconciliación entre EBITDA y caja; previsión semanal con escenarios. Si no existe, un CFO externo puede montarla en semanas.
  • Plan con escenarios de estrés. Qué ocurre si cae un 15% la venta, si suben los tipos 200 puntos básicos o si se pierde el primer cliente; y qué supuesto tendría que ser falso para invalidar la estrategia.

Las cinco confusiones que empeoran un diagnóstico

Lo que se dice Lo que habría que preguntar
«Fracasó porque no tenía caja» ¿Qué destruyó antes la generación de caja?
«Tenía demasiada deuda» ¿Era la deuda causa, amplificador o consecuencia?
«El mercado cambió» ¿Por qué otros competidores se adaptaron y esta empresa no?
«No innovó» ¿Falló la tecnología, la asignación de recursos o el modelo económico?
«Fue culpa del CEO» ¿Qué mecanismo de gobierno permitió que el error persistiera?

 

Señales de alerta para el consejo

  • El EBITDA cae dos ejercicios seguidos y la explicación siempre es externa.
  • El beneficio crece pero la caja no; el cash conversion se deteriora.
  • La deuda financiera neta crece más que el EBITDA.
  • El capex lleva varios años por debajo de la amortización.
  • Un cliente supera el 25-30% de las ventas.
  • El cierre contable tarda más de un mes o el auditor propone ajustes relevantes.
  • No existe previsión de tesorería.
  • Las pólizas están dispuestas de forma permanente.
  • Se refinancia por segunda vez en tres años sin cambios operativos.
  • El consejo no ha discutido la sucesión del primer ejecutivo, y los directivos que discrepan se van.

Cuándo pedir ayuda y en qué orden actuar

Antes de lo que parece necesario. Pedir ayuda cuando se rompe un covenant es pedirla tarde; pedirla con el primer año de EBITDA decreciente sin explicación estructural es pedirla a tiempo, cuando aún hay opciones para evitar el concurso. La secuencia correcta de un turnaround es: diagnóstico de causas → plan de viabilidad operativo → estructura financiera sostenible → negociación con acreedores. Invertirla produce la refinanciación zombi.

Un plan creíble que actúe sobre la causa raíz (salir de negocios no rentables, renovar la dirección, reforzar el gobierno, reconstruir la información) es además lo que la banca espera para apoyar. Y toda refinanciación seria debería condicionarse a cambios de gobierno —separar presidencia y primera ejecutiva, incorporar independientes, implantar control de gestión en los primeros noventa días—, porque sin ellos el dinero nuevo financia el mismo error.

La mirada de Maraz

En Maraz Corporate Finance trabajamos con empresas medianas y familiares en tres frentes que responden a esta lógica: el diagnóstico estratégico y financiero; la función de CFO externo para dotar a la empresa del control de gestión que le falta, incluida la estabilización de la caja en 90 días cuando el problema ya ha llegado a la tesorería; y la reestructuración y las operaciones corporativas —entrada de un socio o venta— cuando la causa raíz exige un cambio de propiedad o de dimensión. La conversación más valiosa no es la que tiene lugar con un covenant roto, sino dos años antes. Si reconoce alguna de las señales anteriores, hablemos.

Conclusión: instituciones, no mala suerte

Acemoglu y Robinson sostienen que las naciones fracasan porque sus instituciones extractivas concentran el poder, desincentivan la innovación y bloquean la destrucción creativa. Las empresas fracasan por razones muy parecidas: un gobierno capturado que no admite corrección, incentivos que premian el volumen y no el valor, información que oculta la realidad y resistencia a cerrar lo viejo para abrir lo nuevo. Las empresas no fracasan porque se equivoquen; todas se equivocan. Fracasan cuando el error sobrevive demasiado tiempo.

La tensión de tesorería, los impagos, los covenants incumplidos y el concurso son reales y dolorosos, pero son el final de la historia, no su principio. Los datos españoles —una concursada típica de diez años que pierde dinero en su actividad ordinaria y que en más del 95% de los casos acaba liquidada— lo confirman.

Por eso la pregunta útil no es «¿por qué quebró esta empresa?», sino otra mucho más temprana: ¿qué mecanismo debería haber detectado el error, quién podía haberlo corregido y por qué no lo hizo a tiempo? Las empresas, como los países, pueden evitarlo si construyen a tiempo instituciones inclusivas: un consejo con contrapesos, una información veraz, una sucesión planificada y la disposición a destruir creativamente lo que ya no funciona.

 

Javier de Rojas Roca de Togores

Socio - Maraz Corporate Finance

 

FAQs sobre por qué fracasan las empresas

¿La falta de liquidez es la causa del fracaso de una empresa?

No: es la consecuencia. La liquidez explica cuándo se materializa el fracaso, no por qué empezó. Antes de la tensión de tesorería ha habido años de erosión de márgenes provocada por causas estratégicas, de gobierno, organizativas o de información. Tratar solo la liquidez —refinanciar, inyectar caja— sin corregir esas causas produce empresas zombi: según el Banco de España, solo el 32% de las empresas en dificultades financieras logró recuperarse.

¿Cuál es la causa más frecuente de fracaso en una empresa consolidada?

La estratégica: la pérdida de una ventaja competitiva que justifique que el cliente compre a esa empresa y a un precio que remunere el capital. Pero la causa que decide si ese error se corrige o se vuelve fatal es la gobernanza. Un consejo con contrapesos, información fiable e incentivos alineados detecta y corrige una mala estrategia; un gobierno capturado por el fundador o por un grupo de socios la perpetúa hasta que el balance ya no da tiempo.

¿Qué señales anticipan el fracaso antes de que aparezca en la cuenta de resultados?

Las señales adelantadas son operativas y de gobierno, no financieras: precios medios que no siguen a los costes, pérdida de cuota en segmentos clave, un cliente que supera el 25-30% de las ventas, capex por debajo de la amortización varios años, beneficio que no se convierte en caja, cierre contable que tarda más de un mes, un consejo que no discute la sucesión y directivos que discrepan y se van. Cuando el EBITDA y la tesorería lo reflejan, el problema lleva tiempo operando.

¿Por qué fracasan tantas refinanciaciones?

Porque actúan sobre la consecuencia sin tocar la causa. Alargar plazos o conceder quitas aplaza el problema si el negocio no genera EBITDA suficiente para atender la inversión de mantenimiento y una deuda sostenible. Las refinanciaciones que funcionan van precedidas de un diagnóstico de causas y de un plan de viabilidad operativo, y suelen condicionarse a cambios de gobierno y de control de gestión. La evidencia muestra además que el exceso de deuda agrava el deterioro competitivo: las empresas más apalancadas pierden más ventas e invierten menos en una contracción.

¿Qué dice la estadística española sobre las empresas que llegan al concurso?

Que llegan tarde y con un negocio que ya destruía valor. Según el Anuario Concursal 2025 del Colegio de Registradores, la sociedad concursada mediana tiene diez años de vida, pierde dinero en su actividad ordinaria, en el 45% de los casos presenta fondos propios negativos y solo el 10,5% podría cancelar sus deudas en cinco años; y por tercer año consecutivo más del 95% de las fases sucesivas acaban en liquidación. Los planes de reestructuración preconcursales, pensados para actuar antes, fueron en 2025 apenas el 4% de los procedimientos.

¿Cuándo debe pedir ayuda externa una empresa y a quién?

Antes de que el problema llegue a la tesorería: con el primer ejercicio de EBITDA decreciente sin explicación estructural, con una sucesión sin resolver o con un consejo que ya no discute. El marco de la Ley 16/2022 permite actuar en situación de probabilidad de insolvencia, cuando todavía hay valor que proteger. La ayuda adecuada empieza por un diagnóstico estratégico y de gobierno —no por un negociador bancario— y continúa, según el caso, con un CFO externo que reconstruya el control de gestión, un plan de reestructuración o una operación corporativa que aporte el socio o la dimensión que la empresa necesita.